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Deudores de la gracia.

De mirada triste, de caminar lento, ahí va un hombre con sus penas echadas en hombros, sin rumbo. Como sabiendo que no hay lugar donde quiera llegar, simplemente andando, simplemente cumpliendo, simplemente. Deja atrás lo que pasa y sigue sin que quiera llegar a nada. La noche le alcanza, le alcanza el día.

Un día el hombre se encuentra con la gracia de Dios, que lo llena todo, la gracia que envuelve los deseos de Dios realidad, con su fuerza, con su esperanza, redime, cambia, fortalece. El hombre pregunta cuánto vale, cuánto cuesta. El cree que la puede comprar, con algo que el trae, con algo que él tiene. La gracia le abraza con fuerza, soy tuya le dice. El hombre sintiendo su poder, su eficiencia, le pide que tome la bolsa de sus penas echadas al hombro, que es lo único que tiene. La gracia acepta, pero le dice algo más, déjame llenar tu bolsa de penas con gracia. Cada cosa que vivas estará llena de gracia y una cosa más te doy la posibilidad de ser libre. El hombre la mira y le asegura, “libre he sido siempre”. Y la gracia, le pide que mire su camino, llenos de huellas, sin dirección, sin rumbo, sin sentido. El hombre solloza y murmura. “Pero he sido libre”. La gracia le dice déjame enseñarte lo que es la libertad.

El hombre camina firmemente, su mirada está llena de una extraña fuerza, de una bolsa saca para darle a los demás, a veces regala palabras, a veces apoyo, a veces esperanza y comparte la gracia. Tiene una meta, sabe a dónde llegar, sabe vivir. Atrás deja su pasado para llenarse cada día más de futuro, la noche lo alcanza, lo alcanza el día.


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